La cueva
El Southend Hostel no me quiere, no me abre sus puertas, solo una noche llena de risas y musica procedente de un local aledanio (bier, blues & rock and roll) me da la bienvenida al lugar donde se supone que iba a pasar tres noches. Llamadas telefonicas en vano -Inglaterra/Alemania empatan en mi incapacidad de entender lo que, en ambos idiomas, me dicen, y que suena horrible: que el numero marcado no existe...-
Dormir en el suelo, en la entrada del albergue? Vamos a ello...
Pero unos minutos despues, gracias a la colaboracion de dos huespedes -los cuales tampoco logran contactar con el numero de telefono senialado- decido subirme a dormir al saloncito comun de la primera planta
y cuando me dispongo a ponerme el pijamita, aparece Peter, el que lleva el cotarro, y se desenrolla el hilo de incertidumbre y confusiones que han dado lugar a esta situacion. Hago el registro en recepcion, me da la llave y, tras abrir la puerta de mi habitacion, lamento no haberme quedado abajo durmiendo. Una gruta hedionda, en la que el olor a pies se abraza viscosamente al del alcohol, se presenta ante mis ojos... Calzoncillos, toallas mojadas, gafas y botellas se desparraman a lo largo y ancho del espacio que ocupan estas diez literas emparejadas.
Los ventanales, abiertos, tienen a sus pies a una japonesa -muy bien dibujada- que me saluda en ingles mientras intenta reanimar, con suave insistencia, a un cuerpo arrebujado entre sabanas. Me acuesto y, a lo largo de las siguientes horas, los tapones y antifaz se mostraran incapaces de aislarme de los ruidos y movimientos que mis jovenes companieros de habitacion provocaran a medida que vayan llegando...
Albergues... En su mas pura esencia...
Dormir en el suelo, en la entrada del albergue? Vamos a ello...
Pero unos minutos despues, gracias a la colaboracion de dos huespedes -los cuales tampoco logran contactar con el numero de telefono senialado- decido subirme a dormir al saloncito comun de la primera planta
y cuando me dispongo a ponerme el pijamita, aparece Peter, el que lleva el cotarro, y se desenrolla el hilo de incertidumbre y confusiones que han dado lugar a esta situacion. Hago el registro en recepcion, me da la llave y, tras abrir la puerta de mi habitacion, lamento no haberme quedado abajo durmiendo. Una gruta hedionda, en la que el olor a pies se abraza viscosamente al del alcohol, se presenta ante mis ojos... Calzoncillos, toallas mojadas, gafas y botellas se desparraman a lo largo y ancho del espacio que ocupan estas diez literas emparejadas.
Los ventanales, abiertos, tienen a sus pies a una japonesa -muy bien dibujada- que me saluda en ingles mientras intenta reanimar, con suave insistencia, a un cuerpo arrebujado entre sabanas. Me acuesto y, a lo largo de las siguientes horas, los tapones y antifaz se mostraran incapaces de aislarme de los ruidos y movimientos que mis jovenes companieros de habitacion provocaran a medida que vayan llegando...
Albergues... En su mas pura esencia...
Querido Walter....
ResponderEliminarSiento que la primera noche haya recibido con tan poca exquisitez al ilustre viajero en bicicleta. Espero que el paseo y visita de la ciudad haya compensado la desazón de la primera noche.
Seguiremos tus aventuras a través del blog con mucho entusiasmo.
Un abrazo
Pero algo no entiendo, te dejaron entrar pero sólo al bar pero ara hospedarte tenían que contactar a un número que no existía? Entonces te ubicaste para dormir clandestinamente en un espacio ohne matress y ahí apareció el nibelungo Peter y te acomodó en esa habitación apestosa (mejor estabas en el rellano, jaja). Es así?
ResponderEliminarMe cole dentro del albergue y, cuando estaba montando el cotarro para dormir, aparecio el duenio, al que yo habia estado llamando al numero de telefono que aparecia en la puerta y que era erroneo... Efectivamente, mejor hubiese dormido en el rellano que en aquella gruta maloliente... Pero luego mejoro, cuando la tropa de nibelungos jovencitos se marcharon...
Eliminarlas hormonas, amigo mío.
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